Devoramos y bebimos en silencio durante un rato, hasta que llegó el momento en que, en vez de sentarnos con la espalda completamente recta y agarrar el tenedor y el cuchillo con firmeza, nos reclinamos en las sillas y trabajamos con lentitud y despreocupación; cuando estiramos las piernas bajo la mesa, dejamos caer las servilletas al suelo sin prestarles atención y encontramos tiempo para examinar con más espíritu crítico el techo ahumado de lo que hasta entonces nos había sido posible; cuando apoyamos los vasos sobre la mesa a la distancia de un brazo, sintiéndonos buenos, pensativos y clementes.
Entonces Harris, que estaba sentado junto a la ventana, retiró la cortina y miró hacia la calle.
Brillaba oscuramente en la humedad, las tenues lámparas parpadeaban con cada ráfaga, la lluvia salpicaba constantemente en los charcos y goteaba por los canalones hacia las cloacas en marcha.
Unos pocos transeúntes empapados se apresuraban al pasar, encogidos bajo sus paraguas goteantes, las mujeres levantándose las faldas.
—Bueno —dijo Harris, alargando la mano para coger su vaso—, hemos tenido un viaje placentero, y le doy mis más sinceras gracias por ello al viejo padre Támesis, pero creo que hicimos bien en dejarlo cuando lo hicimos. ¡Por los Tres Hombres que ya están fuera de la barca!
Y Montmorency, de pie sobre sus patas traseras ante la ventana, oteando hacia la noche, dio un breve ladrido de rotunda aquiescencia al brindis.