George y yo fuimos tirando de la cuerda pasada la finca de Home Park, que se extiende por la orilla derecha desde el puente Albert hasta el Victoria; y al pasar por Datchet, George me preguntó si recordaba nuestro primer viaje por el río, y cuando desembarcamos en Datchet a las diez de la noche con ganas de irnos a la cama.
Respondí que sí me acordaba. Pasará algún tiempo antes de que lo olvide.
Era el sábado anterior al lunes festivo de agosto. Estábamos cansados y hambrientos, nosotros tres, y al llegar a Datchet sacamos la cesta, las dos bolsas, las mantas, los abrigos y cosas por el estilo, y nos pusimos a buscar alojamiento.
Pasamos por un hotelito muy bonito, con clemátides y trepadoras cubriendo el porche; pero no tenía madreselva, y por una u otra razón se me había metido en la cabeza la madreselva, y dije:
«¡Oh, no entremos ahí! Sigamos un poco más adelante y veamos si hay alguna que tenga madreselva por encima».
Así que seguimos andando hasta que llegamos a otro hotel. Ese era un hotel muy bonito también, y tenía madreselva por un lado, dando a la parte lateral; pero a Harris no le gustó el aspecto de un hombre que estaba apoyado en la puerta principal. Dijo que no le parecía nada un buen hombre, y que llevaba unas botas feas: así que seguimos adelante.
Andamos bastante trecho sin encontrarnos con más hoteles, y entonces nos topamos con un hombre y le pedimos que nos indicara unos cuantos.
Él dijo:
—Pero si te estás alejaniendo de ellos. Tienes que dar media vuelta y regresar, y entonces llegarás al Ciervo.