Ya fuere que la sacudida que había recibido al ser arrojado sobre la cama lo hubiese puesto en marcha, o cómo hubiese sido, George no supo decirlo, pero lo cierto es que desde las ocho y cuarto había empezado a funcionar, y ahora señalaba las nueve menos veinte.
George lo agarró y salió corriendo escaleras abajo.
En la salita, todo estaba a oscuras y en silencio: no había fuego, ni desayuno. George dijo que era una canallada imperdonable por parte de la señora G., y se propuso cantarle las cuarenta cuando volviera a casa por la tarde.
Luego se puso a toda prisa el abrigo y el sombrero y, cogiendo el paraguas, se encaminó hacia la puerta principal. La puerta ni siquiera estaba descerrajada. George maldijo a la señora G. por vieja perezosa y, pensando que era muy extraño que la gente no pudiera levantarse a una hora decente y respetuosa, abrió el cerrojo y la puerta, y salió corriendo.
Corrió con fuerza durante un cuarto de milla, y al término de esa distancia comenzó a ocurrírsele como algo extraño y curioso que hubiera tan poca gente por la calle y que no hubiera ninguna tienda abierta.
Ciertamente era una mañana muy oscura y con niebla, pero aun así parecía una medida inusitada detener toda actividad comercial por ese motivo. Él tenía que ir a trabajar: ¡por qué los demás se quedarían en la cama simplemente porque estuviera oscuro y hubiera niebla!
Por fin llegó a Holborn. ¡Ni una sola persiana abierta! ¡Ni un autobús a la vista! Había tres hombres a la vista, uno de los cuales era un policía; un carro de mercado lleno de coles y un carruaje de aspecto ruinoso. George sacó su reloj y lo miró: ¡faltaban cinco minutos para las nueve! Se quedó quieto y se tomó el pulso. Se agachó y se tocó las piernas. Luego,