De haber habido algún motivo en particular por el cual no debiéramos habernos vuelto a dormir, sino levantarnos y vestirnos allí mismo, nos habríamos quedado dormidos mientras mirábamos nuestros relojes y habríamos dormido hasta las diez. Como no había la más mínima necesidad terrenal de levantarnos en otras dos horas, como muy poco, y levantarnos a esa hora era un absoluto des Propósito, no hacía más que ajustarse a la maldad natural de las cosas en general que los dos sintiéramos que acostarnos cinco minutos más sería nuestra muerte.
George contó que algo por el estilo, solo que peor, le había ocurrido a él unos dieciocho meses atrás, cuando vivía solo en casa de cierta señora Gippings.
Contó que su reloj falló una tarde y se paró a las ocho y cuarto. No se dio cuenta en aquel momento porque, por hache o por be, se olvidó de darle cuerda al irse a la cama (algo poco habitual en él), y lo colgó sobre la almohada sin llegar a mirarlo siquiera.
Era invierno cuando esto sucedió, muy cerca del día más corto, y para colmo con una semana de niebla, de modo que el hecho de que aún estuviera muy oscuro cuando George se despertó por la mañana no le servía de guía en cuanto a la hora.
Estiró el brazo y bajó su reloj de un tirón. Eran las ocho y cuarto.
«¡Ángeles y ministros de la gracia, defendednos!», exclamó George; «y yo tengo que estar en la City a las nueve. ¿Por qué no me ha despertado nadie? ¡Ay, esto es el colmo!».
Y tiró el reloj sobre la cama, y saltó de ella, y se dio un baño frío, y se lavó, y se vistió, y se afeitó con agua fría porque no había tiempo para esperar a que se calentara, y luego fue corriendo a echar otro vistazo al reloj.