cuando llegaron al hermoso castillo hacia el cual habían estado viajando, se quedaron allí muchos días y se regocijaron; y una noche, mientras estaban sentados con alegre sosiego alrededor de los maderos que ardían en el gran salón y bebían una copa de hermandad, llegó el camarero a quien habían perdido y los saludó. Sus ropas estaban harapientas, como las de un mendigo, y muchas tristes heridas cubrían su dulce carne, pero en su rostro brillaba un gran resplandor de profunda alegría.
Y ellos le interrogaron, preguntándole qué le había acontecido: y él les contó cómo en el sombrío bosque había perdido el camino, y había vagado muchos días y noches, hasta que, desgarrado y sangrando, se había tendido para morir.
Luego, cuando estuvo cerca de la muerte, ¡he aquí que, a través de la salvaje penumbra, acudió a él una doncella noble, y lo tomó de la mano y