Esperamos un tiempo, pero las cosas parecieron volverse cada vez más enredadas, hasta que, al fin, la cabeza de George asomó retorciéndose por el costado del bote y habló.
Decía:
“Échanos una mano aquí, ¿no puedes, chiflado; plantado ahí como una momia de trapo, cuando ves que nos estamos asfixiando los dos, imbécil!”
Jamás he podido resistirme a una súplica de ayuda, así que fui y los desaté; y ya era hora, por lo demás, pues Harris estaba casi morado.
Nos llevó media hora de duro trabajo, después de eso, dejarla bien montada, y entonces despejamos la cubierta y sacamos la cena. Pusimos a hervir la tetera en la proa de la barca, fuimos hacia la popa y fingimos no hacerle caso, mientras nos poníamos a sacar el resto de las cosas.
Esa es la única manera de hacer que una tetera hierva río arriba. Si ve que la estás esperando y estás impaciente, ni siquiera cantará.
Tienes que alejarte y empezar a comer, como si no fueras a tomar té en absoluto. Ni siquiera debes mirar hacia ella. Entonces pronto la oirás chisporrotear, loca por convertirse en té.
También es un buen plan, si tienes muchísima prisa, hablarse muy alto el uno al otro sobre cómo no necesitas té y no vas a tomar nada.
Te acercas a la tetera para que pueda oírte, y entonces gritas: «Yo no quiero té, ¿y tú, George?», a lo que George responde a gritos: «Ah, no, no me gusta el té; tomaremos limonada en su lugar; el té es tan indigestible».
Tras lo cual, la tetera hierve a borbotones y apaga el fogón.