Íntimo amigo del pinche, con las manos en los bolsillos, fumando una pipa corta de arcilla. Muchacho del frutero, con cesta. Yo mismo, cargando con tres sombreros y un par de botas, e intentando poner cara de no enterarme. Seis muchachos pequeños y cuatro perros callejeros.
Cuando bajamos al embarcadero, el barquero dijo:
—Déjeme ver, caballero; ¿su embarcación era una lancha de vapor o una casa flotante?
Al informarle nosotros de que era un esquife de doble par de remos, pareció sorprendido.
Tuvimos bastantes problemas con las lanchas de vapor aquella mañana. Era justo antes de la semana de Henley, y subían en gran número; algunas por su cuenta, otras remolcando botes vivienda.
Odio las lanchas de vapor: supongo que a todo remero le pasa. No veo ninguna lancha de vapor sin sentir el deseo de atraerla a un rincón solitario del río y allí, en el silencio y la soledad, estrangularla.
Hay una descarada presunción en una lancha de vapor que tiene la habilidad de despertar todos los instintos malignos de mi naturaleza, y suspiro por los buenos viejos tiempos, en los que uno podía andar por ahí y decirle a la gente lo que pensaba de ella con un hacha y un arco con flechas.
La expresión en el rostro del hombre que, con las manos en los bolsillos, se está de pie junto a la popa fumando un cigarro, es suficiente para disculpar una alteración del orden público por sí sola; y el soberbio silbido para que te apartes del camino aseguraría, estoy seguro, un veredicto de «homicidio justifiable» por parte de cualquier jurado de hombres de río.