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nydus/Three Men in a BoatPublic
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XIV

Anduvimos por el encantador Sonning durante una hora más o menos y luego, como era demasiado tarde para seguir más allá de Reading, decidimos volver a una de las islas de Shiplake y acampar allí para pasar la noche.

Todavía era temprano cuando nos instalamos, y George dijo que, como teníamos tiempo de sobra, sería una oportunidad magnífica para probar una buena cena por todo lo alto. Dijo que nos demostraría lo que se podía hacer río arriba en materia de cocina y sugirió que, con las verduras, los restos de ternera fría y los típicos remates y sobras, hiciéramos un estofado irlandés.

Parecía una idea fascinante. George reunió leña e hizo un fuego, y Harris y yo nos pusimos a pelar las patatas. Nunca habría imaginado que pelar patatas fuera semejante empresa. La tarea resultó ser la mayor de su clase en la que jamás me hubiera visto metido. Empezamos alegres, casi podría decirse que juguetones, pero se nos había esfumado la despreocupación para cuando terminamos la primera patata. Cuanto más pelábamos, más piel parecía quedarle; para cuando le hubimos quitado toda la piel y todos los ojos, no quedaba patata —al menos ninguna que valiera la pena mencionar—. George se acercó a echarle un vistazo: era del tamaño de un cacahuete. Dijo:

—¡Oh, así no sirve! Los estás desperdiciando. Debes rasparlos.

Así que los raspamos, y eso fue un trabajo más duro que pelar. Tienen una forma tan extraordinaria, las patatas: llenas de bultos y verrugas y huecos. Trabajamos sin parar durante veinticinco minutos, y pelamos cuatro patatas. Entonces nos plantamos. Dijimos que necesitaríamos el resto de la tarde para rasparnos a nosotros mismos.

Nunca había visto una cosa igual al rallado de patatas para dejar a uno hecho un desastre. Costaba creer que los restos de patata en los que Harris y yo estábamos hundidos hasta la mitad, medio ahogados,

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