momento se quedó mirándolo. Él esperaba, sonriendo con suavidad. No importaba que la creyera digna de ello. … La convicción de que ya había estado en Rusia, de que su sugerencia era necia al recomendarle una empresa vasta y superflua, pendía como un velo entre ella y las experiencias que ahora atravesaba al imaginarse allí. Precisamente aquellas cosas de los círculos de estudiantes rusos que más la habían atraído la pondrían a prueba y la descalificarían. Sería una de esas personas de las que se desconfiaría por no ser lo bastante descuidada con su ropa y su cabello. No le iría bien recogerse el cabello con una sola horquilla. No sería lo bastante fuerte para estudiar todo el día y la mitad de la noche a base de pan y té. Estaba segura de que no podría relacionarse permanentemente con estudiantes varones, ni siquiera viviendo y compartiendo habitaciones con ellos, sin el menor coqueteo. Si fuera rica como él, no aceptaría con tanta calma tenerlo todo en común; siendo pobre, se sentiría incómoda dependiendo de otros estudiantes. Se sentía juzgada. Había una cualidad detrás de todas las escenas, algo en los rusos que ella no poseía. Era aquello que lo hacía ser como era. … Respondía a una llamada que se hacía todo el tiempo a todo el mundo, en todas partes. Y sin embargo, ¿por qué muchos de ellos bebían?
—¿Y bien? —dijo el señor Shatov. La luz se estaba apagando—. ¿Qué es esto? —preguntó mirando con impaciencia hacia la llama menguante—. Ah, es una soberana estupidez.
Se apresuró a marchar y Miriam oyó su voz gritándole a la señora Bailey desde la escalera mientras se iba, y al poco rato en una educada y estentórea protesta desde lo alto de las escaleras del sótano. El gas subió, más alto de lo que había estado antes. Debían de ser las once. No era justo mantener el gas encendido para dos personas. Tenía que recoger la salita y echarlo.