frase adecuada, aferrándose al recuerdo de la afirmación, aún presente en alguna parte, a la que había venido, con tanta desesperación, a escuchar, llevarse y anotar, un rayo de luz en la oscuridad de sus pensamientos recurrentes. Un entumecimiento olvidadizo la asaltó, amenazando con el desastre de la irrelevancia en el discurso o el comportamiento que brotaba de las mareas de expresión que sentía latir debajo. Forzó una respuesta murmullera en sus labios, y el tumulto se aquietó hasta convertirse en un eco que se lanzaba de un lado a otro en su interior, respondiendo al eco de la voz de la mujer en el aire. Se había aferrado y contribuido. Le tocaba ahora a la otra continuar y confirmar lo que había revelado. …
“La música es tan hermosa, tan edificante”. “Eso depende de la música”. Nunca pronunciado. Retenido a traición en aras de cosas que podrían perderse en un choque de opiniones… las cosas en las que nunca pensaron al ejercer su benevolencia y exigir a cambio la aceptación de sus puntos de vista… la luz de un mundo entero condensada en la brillante y vieja ciudad, el dulce sonido de sus campanadas, entrando por las ventanas, devolviendo la infancia, las extensiones de tiempo libre creadas por su pequeño y duro círculo, un mundo de ideas irreflexivas, que convierte un corto fin de semana en una vida, ya vivida, familiar, edificando en los nervios una vitalidad gloriosa…
Era la misma voz, la voz de la dama inglesa, trayendo en torno suyo a toda la cristiandad, a todas las tradiciones dentro de las cuales, hasta hace bien poco, se había sentido comprometida a marchar con paso firme. Pero algo faltaba en ella, le faltaba calidez; no poseía el brillo que había en las voces de aquellas otras mujeres, esa amabilidad hacia las cosas generosas que habían renunciado en secreto y por propia voluntad. Poseía, en cambio, algo semejante a una hoja fría y limpia que se adentraba en un futuro comprensible, algo inexorable, fundamentado no en ideas fijas, sino en ideas únicas y frías.