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VII

muchacho ya crecido, de rostro grande y lozano y brazos y manos caídos, rectos e indefensos. Se sentó grande y rígido, como un ídolo, mientras el presidente, de pie e inclinado sobre su mesa, señalaba apresuradamente que las presentaciones estaban de más, y miraba al público con grandes y húmedos ojos azules que parecían permanentemente abiertos e inexpresivos y, sin embargo, suplicaban protección o permiso para retirarse una vez más tras su biombo. Miriam lo compadeció desde el fondo de su corazón y vio con alivio, al ponerse en pie, que sacaba un rollo de papeles para el cual aguardaba convenientemente un pequeño atril eclesiástico de una sola pata. Iba a leer. Pero colocó sus papeles con dedos grandes e incapaces y ella temió que revolotearan hasta el suelo, hasta que él dio un paso titubeante e inexpresivo para apartarse del pequeño atril y, de pie tal como estaba, con los brazos caídos una vez más, pesados e indefensos, a ambos lados, con los ojos fijos e inmóviles ni en la distancia ni en ninguna parte del público, como si enfocara sin ver todo lo que tenía delante, comenzó a hablar, sin movimiento ni gesto de advertencia.

Con el primer sonido de su voz, Miriam se entregó a una escucha sin aliento. Resonó, en un tono conversacional, con una serenidad incolora que explicó al instante su postura, revelándolo más allá de los dominios de la timidez o la temeridad. Era una voz que no le hablaba a nadie, en un mundo vaciado de todo cuanto había quedado atrás.

«El progreso de la filosofía —decían las palabras, en letras de oro sobre el vacío oscuro— se da mediante una serie de sistemas; el de la ciencia, mediante la adición constante de pequeños hechos al conocimiento acumulado».

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