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I

Para justificar su presencia, Miriam preguntó si la señora Bailey había salido.

—Mamá está acostada —dijo Sissie de mal humor—, tiene uno de sus dolores de cabeza.

Miriam se mostró comprensiva. —¿Quiero que llame al médico?; no sirve de nada seguir así.

Miriam se sintió irresistiblemente atraída hacia la señora Bailey, postrada en su habitación con dolor de cabeza. Bajó por el pasillo sintiéndose joven y llena de una fuerza anhelante, hundiéndose con cada paso más y más en su primer yo; de regreso junto a la cama de Eve en su casa, capaz de controlar los paroxismos del dolor sosteniendo su pequeña cabeza firmemente entre ambas manos; recordó la extraña y persistente fuerza que había sentido al velarla por la noche, la felicidad de aquellos momentos en que el dolor febril parecía ascender por sus propios brazos y Eve se relajaba aliviada, la hermosa y desconocida oscuridad de las horas de medianoche, el curioso y agudo sabor del incomprensible libro que había leído tendida en el suelo junto al pequeño haz de luz de la lamparilla.

Seguro que podría hacer algo por la señora Bailey; al encontrarse así con ella por primera vez sin la barrera de la conversación; al menos podía enfrentar su presencia y su simpatía al dolor.

Dio unos golpecitos en la puerta del cuartito al fondo del pasillo. Al poco rato sonó una voz ahogada y entró. Una sensación de liberación la envolvió al cerrar la puerta del cuartito; era como si hubiera dado un paso fuera de los límites de su vida, hacia los amplios espacios del mundo. El habitación estaba tenuemente iluminada por una pequeña lámpara con la llama baja dentro de su cilindro ahumado. Su pequeño espacio estaba tan abarrotado que por un

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