contemplado, desde la distancia, la intimidad final de los Bailey tras bambalinas, había quedado exorcizada. En la casa en sí no había vida; pero había una vida valiente luchando en esta habitación. La señora Bailey la habría recibido en cualquier momento, con risueñas disculpas. Ahora que su entrada se había logrado inocentemente, se descubrió regocijándose en el desorden, compartiendo la sensación que la señora Bailey debía de tener, cada vez que se retiraba a este animado centro, de mantener su empresa a flote por un día más. Vio que para la señora Bailey la casa no podía parecerle en absoluto un fracaso y la falta de huéspedes nada más que una mala suerte inexplicable. > «Una compresa, o fomentos calientes, los fomentos calientes no podrían hacer daño y podrían ser muy
“Como creas, querida; muy amable de tu parte”, murmuró la señora Bailey débilmente.
“En absoluto”, dijo Miriam mirando a su alrededor y preguntándose cómo iba a llevar a cabo, en su ignorancia, esta idea práctica sugerida misteriosamente.
Había un fueguito en la chimenea pequeña y estrecha, con hornillos a cada lado. Al ponerse de pie divisó un fregadero circular con el clásico diseño de sauce, un grifo encima y un armario debajo, encajado en un hueco detrás de un montón de bartulos.
La habitación estaba destinada a ser una especie de cocina o fregadero; y había sido la única sala de estar de los doctores. ¿Cómo se las habrían arreglado los cuatro hombres altos y corpulentos, con su mesa y todos sus libros, para amontonarse allí dentro?
En el comedor, Sissie respondió con un asombro y una gratitud no disimulados a las sugerencias de Miriam y se apresuró a buscar los