Se apresuró con su trabajo del sábado por la mañana, intentando entrar en calor. Quizás fuera el nerviosismo y la emoción por la cita de la tarde lo que la hacía sentirse tan fría.
Al final de su hora de meticuloso trabajo en la habitación vacía y sin estufa del señor Hancock, entre fríos instrumentos y gélidos frascos de productos químicos, estaba completamente helada.
No había nadie en la casa excepto el señor Leyton y el primo; nada que la respaldara ante la inminente prueba. El señor Leyton había tenido una mañana libre y la había pasado fregando y puliendo con esmero los instrumentos en su cálida salita; retirándose hacia la hora del almuerzo junto al fuego de la salita de estar con un periódico.
Temblando sobre sus libros de contabilidad junto al frío ventanal, sentía un amargo resentimiento por su incapacidad para salir a entrar en calor en un A.B.C. antes de encontrarse con el señor Shatov al aire libre. Imposible. No se lo podía permitir; aunque aquella mañana todo el trabajo absolutamente esencial podía quedar terminado a la una. Era del todo horrible. No estaba segura de si se suponía siquiera que debía quedarse a almorzar el sábado. El día terminaba a la una; a menos que la retuviera algún asunto urgente, no había excusa. Hoy tenía que haber terminado todo antes del almuerzo para cumplir con su cita. No había más remedio; y al menos no había incomodidad en presencia del señor Leyton y el muchacho. Incluso echaría la llave, se pondría la ropa de calle y bajaría con ella puesta. A ellos no se les ocurriría