Salió corriendo hacia ella, enviando su telegrama innecesario por el placer de deslizarse sobre las conocidas losas con un tiempo infinito por delante. El resonante cielo de Londres derramaba sobre ellas la luz de todo el mundo. Dentro de él, su parte brillaba danzante, regalada por los años londinenses, la vida en Londres, resplandeciendo ahora, muy lejos, en multitudinarios detalles, la contemplada y envidiable vida de una desconocida.
El vagón de tercera clase era sofocantemente frío y estaba abarrotado de viajeros agitados cuyos ojos individuales se esforzaban en vano por alcanzar el corazón de la ocasión a través de un incesante intercambio exclamativo sobre lo que quedaba justo atrás y lo que aguardaba al final del viaje.
… En algún momento, durante algunos instantes en los días siguientes, cada uno de ellos estaría solo.
… Al consultar los múltiples pares de ojos, tan diferentes y a la vez tan extrañamente iguales en su método de contemplación, tan obstaculizados y distraídos, sintió, con una punzada sofocante de convicción, que sus días pasarían sin traer consigo ninguna soledad, ni un solo ápice de toma de conciencia, y los dejarían seguir adelante, con los ojos aún apagados y vidriosos, esforzándose hacia afuera, ora aquí ora allá, por alcanzar alguna meta inalcanzada.
Sumergida en su rincón, no vio nada más hasta que el rostro de Eve apareció entre la multitud que esperaba en el andén junto al mar. Eve irradiaba una bienvenida y una comunicación ferviente y silenciosa, y se dio la vuelta de inmediato para abrir paso entre la muchedumbre. Se apresuraron, separadas por el equipaje de mano de Miriam, silenciadas por el estrépito del tráfico traqueteando sobre los