“Pero encuentro que el aire aquí es malísimo. Mejor vayamos a tomar el té”.
El asombro se fundió en el orgullo de guiarlo a través del gran salón y por el amado corredor de sus solitarios paseos, hacia la gigantesca sonrisa de granito de la galería egipcia, hasta la siempre inopinada puerta del salón de refrigerios.
—Si me quedara encerrada en el Museo por la noche, me quedaría en esta sala —dijo, incapaz de soportar la compañía en su santuario sin exigir algún reconocimiento de su cualidad inagotable.
—Ciertamente es impresionante, de un modo burdo —admitió el señor Shatov.
“Son tan absolutamente pacíficos”, dijo Miriam, luchando en favor de sus amigos contra la furia que le provocaba este juicio extraordinario. Antes no se le había ocurrido que fueran pacíficos y eso no bastaba. Contempló la lejanía para descubrir la naturaleza del hechizo que proyectaban. “¡Se los puede ver con luz clara en el desierto!”, exclamó al poco rato. El encanto creció mientras hablaba. Anhelaba volver a estar a solas con ellos a la luz de este descubrimiento. El frío de la indiferente respuesta del señor Shatov a su explicación quedó sepultado en su reconocimiento privado de que había sido él quien la había obligado a descubrir parte de la razón de su embeleso. La obligaba a pensar. Reflexionó que la soledad era demasiado fácil. Era necesaria para las certezas. Nada podía conocerse sino en la soledad. Pero la lucha por comunicar certezas les daba nueva vida; aun cuando la explicación fuera solo un pequeño fragmento de la verdad. … “Disculpe, la dejo un momento”, dijo él, perdiéndose entre el laberinto de pequeñas figuras cerca de la puerta. La extraordinaria novedad era que podía pensar, sin inquietud, en su compañía. Bendijo con gratitud su silueta que se desvanecía.