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XI

cerebro y el peso de su corazón dolorido. El cielo que se ensanchaba comprendía y en ese momento, cuando hubiera alcanzado la declaración que yacía ahora, justo delante, se ofrecería como antaño en señal de compañía. Deambulando por un caminito que serpenteaba entre un matorral de arbustos, oyó un rumor apagado de voces y al instante topó con dos hombres, con las cabezas inclinadas en conversación codo a codo en un banco apartado. Alzaron la vista hacia ella y en sus relucientes rostros alemanes, y en los fríos ojos azules y legañosos bajo sus frentes alemanas inconsciente e inteligentemente arqueadas, se dibujaba la mueca horrible de su charla. Al levantar la vista de esta, escudriñándola con el espíritu de las imágenes de la vida que habían evocado en su recóndito e íntimo intercambio, la identificaron con su visión. Retrocedió hacia las amplias y vacías alamedas. Pero no había refugio en ellas. Su desolada vacuidad reflejaba la vida insensata de los hombres ingleses. A su espalda, los dos alemanes estaban allí inamovibles, cercándola. Eran la respuesta. Sentados y ocultos allí, en el parque inglés, constituían toda la mentalidad masculina inconsciente de Europa sorprendida sin careta. Pensado y sistematizado por ellos, discutido abiertamente, sin las reservas turbias de los ingleses, se hallaba todo el sentido masculino de la feminidad. Una sola imagen; percibida tan solo con el cuerpo, separada y aparte de todo lo demás en la vida. Los hombres eran mente y cuerpo, mente y cuerpo separados, mirando a las mujeres, bajo sus cejas de hombres inconscientes, moldeadas y santificadas de varios modos por el pensamiento, con una sola mirada invariable. No había escapatoria a su horrible ceguera, ninguna otra vida en el mundo que vivir... la mueca de una prostituta era... reservada... hermosa, sugiriendo una vida cotidiana vivida independientemente entre las maravillas impersonales de la existencia, en comparación con la mirada impetuosa y deseosa de un hombre. La codicia de los hombres era algo mucho más espantoso que la codicia de una prostituta.

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