Las hojitas, vistas desde el umbral, brillaban como esmalte luminoso en la penumbra brumosa; pero sus formas hermosas, silvestres y de contornos netos, tan cercanas, de repente parecieron indefensas, incapaces de escapar, obligadas a cubrir los muros, febriles de vida por dentro, a los que estaban sujetos sus tallos. …
Pero había un entrar y salir. … Toda la gente en las casas tenía un entrar y salir, esos momentos de llegar, de nuevo hacia el espacio infinito. Y en todas partes, por momentos, en las casas, se sentía la vida del mundo entero fluyendo hacia adentro. Incluso las casas judías eran porosas a la vida del mundo, y tener una casa, por extraña que fuera la forma de la vida de uno, equivaldría a tener un puesto de observación para inhalar la vida del mundo. …
Ella se detuvo en una tregua, indultada, con su problema de giros infinitos atrás, el futuro en suspenso, tal vez para mostrárselo la mujer que esperaba dentro, situada en un entorno que ahora la llamaba jubilosamente, proclamándose como el único objeto de su visita. Por un momento se vio de nuevo en su antigua sensación del milagro de la existencia, contemplando el espectáculo milagroso de la gente y las cosas, existiendo; ella misma, sin embargo, perpleja y sin recursos, dentro de él, todo desvaneciéndose en la insignificancia junto al hecho de estar viva, de haber sobrevivido hasta otro momento de inexplicable y gloriosa felicidad.
Con ligereza tocó el timbre. El pequeño movimiento de su mano alzada se vio respaldado, como una parte permitida de todo el tremendo panorama; y en ese todo ella era Inglaterra, un eslabón en el ser mundial de Inglaterra y de la vida inglesa. El timbre, que emitió con estrépito su llamada dentro de la casa, la devolvió a los límites de la ocasión, pero no pudo alejar el deseo de avanzar sin retorno, reclamando bienvenida y aceptación, en una vida instalada para siempre en la belleza.