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II

“Si es y media, tengo que irme”, anunció Miriam con tono perentorio.

Salieron dos relojes.

—Entonces te aconsejo que te des mucha prisa; faltan veinticinco. Será mejor que leas ese artículo, hijo mío.

Miriam dobló su servilleta.

“De acuerdo. No te preocupes.”

—¿A qué viene tanto misterio? Buenos días —dijo Miriam marchándose.

—Buenos días —dijeron las dos voces. El señor Leyton mantuvo la puerta abierta y elevó la voz para seguirla escaleras arriba—. Estamos discutiendo asuntos que escapan un tanto a tu alcance.

Ella no podía quedarse. No habría podido enfrentarse a él si se hubiera quedado. La ira era tal vez tan graciosa como la vergüenza. A él le habría horrorizado la idea de que ella contemplara tranquilamente los resultados de la teoría de Schenck, en caso de resultar cierta; algo fuera de su alcance, en verdad. Era odioso tener que dejar aquello; debían arrebatarle lo único que él imaginaba que le daba ventaja en presencia de las mujeres. Las mujeres de su mundo se sentirían avergonzadas ante la discusión de cualquier asunto relacionado con la reproducción de la especie. ¿Por qué? ¿Por qué las mujeres se avergonzaban y los hombres siempre resultaban sugerentes y fachendosos? Si tan solo los hombres pudieran darse cuenta de lo que revelaban con su tono; qué actitud ante la vida.⁠ ⁠…

Era un viento del este glacial; el peor tipo de día que existía. A lo largo de Oxford Street había mujeres con abrigos de piel, serenas, con rostros suaves y cálidos a los que el viento negro y desolador no

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