Era extraño que fuera precisamente aquella casa la que siempre le llamaba la atención al cruzar la plaza; uno de los puntos que siempre hacían que los años de su vida en Londres se manifestaran como una comunión continua con la rica luminosidad del West End.
Las casas de alrededor formaban parte del color más oscuro de Londres, creando, incluso bajo la luz del sol, esa entrañable y familiar atmósfera londinense de bruma grisácea y hollín.
Pero esta casa era de un blanco brillante, con las ventanas enmarcadas, durante la temporada, por el suave y profundo rosa aterciopelado de los geranios de hoja de hiedra y con un fino y tupido enrejado de madera pintada de verde que cubría la mitad inferior de su fachada, por el cual trepaba una enredadera verde, pulcra y robusta, de pequeñas hojas brillantes y tersas que dibujaban un difuminado silvestre sobre la malla de rombos blancos y verdes.
Había otras enredaderas en la plaza, pero colgaban en guirnaldas, propensas al desaliño, arruinadas en su momento de mayor esplendor por la presencia de sus zarcillos fibrosos y desnudos de los que colgaban hojas marchitas. Estas pequeñas hojas verdes se marchitaban, se secaban y caían crujientes, dejando una red de ramitas limpias que brillaban bajo la lluvia, y el enrejado de un verde brillante contra la fachada blanca de la casa, sugiriendo el verano durante todo el año.
Ella fue con entusiasmo hacia este verano permanente creado por la riqueza, calentado por la voz imaginada de un poder que podía transformar todas las dificultades, situándolas en una belleza que vivía por sí misma.