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II

El interés acelerado de él la impulsó a seguir. Apartó los ojos del gas y se quedó mirando la alfombra, con su imagen hecha pedazos y desvaneciéndose ante el patetismo de sus patrones gastados y descoloridos.

“No soy ni huésped ni pensionista —recitó deprisa—.

Tengo todas las ventajas de una pensionista; el uso de toda la casa. He tenido esta habitación y el piano para mí sola durante años, los domingos por la mañana hasta la hora de comer, y cuando hay gente interesante puedo bajar a cenar. A veces lo hago durante semanas enteras, y es muy práctico poder comer aquí los domingos”.

—Es realmente una disposición de lo más admirable —dijo con cordialidad.

“Y el año pasado tuve un accidente en bicicleta. Me trajeron de vuelta aquí con un brazo muy vistoso; en un taxi. La pobre señora Bailey se desmayó. No fue nada grave. Pero me dieron su mejor habitación, la que está detrás de esta, durante semanas y me atendieron maravillosamente, y fíjese bien que no esperaban ninguna compensación, sabían que no podía permitírselo”.

—Una lesión que debe inhabilitar por tantas semanas no habrá sido leve.

“Era el médico. Ya ve que era sábado. Tardaron más de una hora en encontrar a alguien, y al final dieron con un cirujano de poca monta en Gower Street. Me cosió el brazo con una aguja de zurcir oxidada sacada tal cual del costurero de la señora Bailey. Le dije que tenía un poco de fénico en mi habitación; pero él me contestó: No se preocupe por eso. Yo no soy de los que se andan con manías, me lo vendó todo y bajé a cenar. Acababa de volver de la primera semana de mis vacaciones; haciendo

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