“No les gustamos. Piensan que somos frígidos; poco cordiales, es una de sus expresiones”.
—Ese es un juicio de lo más superficial.
¡Espera! Tengo una idea espléndida. Dejaremos por el momento este gran libro.
Pero ¿por qué no traduces inmediatamente un cuento de Andréyev? Son bastante cortos y hermosísimos. Encontrarás que no se parecen a nada de lo que has leído. Los tengo aquí. En seguida leeremos uno.
“Tengo que salir; pronto será demasiado tarde”.
“¿No has cenado? Ah, eso es monstruoso. ¿Por qué no me dijiste?… Son las once y media. Todavía hay tiempo. Iremos a mi dumme August en el East End.”
En su habitación, Miriam miró de reojo las páginas mágicas, absorbiendo con avidez frases en alemán, y durante todo el trayecto hasta Aldgate, sentada y exhausta en su rincón, se aferró a ellas, descansando en una «Stube» rodeada de «Gebirge» bajo la luz de la mañana y de la tarde. Cuando llegaron a su destino, había olvidado que estaba en Londres. Pero la estación era tan remota y desconocida para ella que apenas turbó su distanciamiento. La amplia avenida a la que salieron estaba quieta y serena en su oscuridad, tras el velo extendido de los ruidos de la calle, llena del aire puro y dulce de la aventura. El restaurante al otro lado de la calle era un pequeño cuadrado de luz dorada que se aproximaba. Era completamente ajeno. Había un toque de tabaco recio en el aire, pero no el olor habitual a restaurante. No había mesas con tableros de mármol; pequeñas mesas