Ellos, estas mujeres, eran entonces las únicas personas que sabían. Su sonrisa era la sonrisa de estos amplios horizontes, forjada y moldeada, contenida por la piedad que volcaban hacia la vida ciega de los hombres; pero era solitaria en su visión de los espacios que se abrían más allá del mundo de la vida cotidiana.
La escena abierta, que parecía a la vez estar fuera de ella y dentro, la llamaba y la reclamaba, extendiéndose para siempre, sin horizontes, ofreciendo a su ojo contemplativo una expansión móvil de la vista más y más allá, la tierra y el cielo dejados atrás, a través de llanuras cubiertas de flores cuya luz era más pura y más brillante que la luz del día.
Aquí estaba el camino del avance. Pero al seguirlo debía estar siempre sola; sostenida en el tumulto de la vida que alejaba la escena evocada, oculta tras el duro horizonte visible, por los signos y sonrisas recordados de estas mujeres solitarias y lejanas.
Entre ellos y su segunda semana se interponía una visita prometida a los Broom; la cual se le ofrecía, cada vez que la contemplaba, bajo un aspecto diferente. Pero cuando, en su última noche juntos, él la sorprendió —tan poco dado parecía siempre a planear o reflexionar— con entradas de luneta para la ópera, ella se vio abrumada por la rápida e indiferente presión de los acontecimientos. La ópera, eternamente fuera de su alcance y olvidada, al descender así de repente sobre ella sin tiempo para la preparación mental, parecía destinada a desaprovecharse. No con tanta indecorosa prisa podía acercarse a este supremo adorno de la vida social. Se quedó sin habla, asimismo, ante la revelación de sus cavilaciones privadas. Sabía que a él le era indiferente, incluso el teatro, y que no podía permitirse semejante gasto descomunal. Su temeridad era