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VIII

mantienen unida la vida social, y trae a la habitación los fantasmas de quienes han creído y sufrido por estas cosas, pero también toda clase de otros puntos de vista.⁠ ⁠… Pero no me voy a ir. No puedo. ¿Qué otra cosa podría hacer? Quizá lo haga un poco más tarde, cuando todo esto haya pasado. Pero no voy a permitir que me despidan con solemne dignidad. Es demasiado tonto. Eso os demuestra lo amables que son. Sé que en realidad debo marcharme. Cualquiera lo diría. Pero eso es lo extraordinario; yo no creo en esas cosas; en los finales solemnes; en dejarse llevar de las narices por las necesidades de la situación. Eso puede ser indigno. Pero la dignidad es una tontería; la vista de espaldas. Ya no puedo creer que toda esta solemnidad haya sucedido. Es simplemente una molestia espantosa. Se las han arreglado de maravilla, esperando hasta el sábado por la mañana, para que no vuelva a ver a ninguno de ellos. Los Orly se habrán ido por un mes cuando llegue hoy y el señor Hancock está fuera el fin de semana y me ofrecen un mes de sueldo en lugar de preaviso, si lo prefiero. Había olvidado toda esta maquinaria. Tienen toda la razón, pero había olvidado la maquinaria.⁠ ⁠… Lo supe ayer. Los tres estaban encerrados juntos en el estudio, hablando en voz baja, y al poco rato salieron muy atareados, cada uno tan ansioso por pasar junto a la secretaria despedida con apresurada preocupación, que chocaron en el umbral, y me delataron todo con la forma afable y exaltada en que se disculparon mutuamente. Si me hubiera vuelto y les hubiera encarado entonces, le habría dicho cosas peores que las que le había dicho al señor Hancock. Los odiaba, con sus recursos y su serenidad, complacientemente satisfechos el uno con el otro por haber decidido aplastar a una empleada que les había cantado las cuarenta”.

“Este era, en verdad, un escenario de notable trascendencia”.

“No lo sé.⁠ ⁠… Una vez le dije al señor Hancock que presentaría mi renuncia todos los años, porque creo que debe ser horrible despedir a alguien. Pero no voy a dejar que me echen por culpa de una máquina. En cierto modo, es como si una familia de repente fuera a juicio”.

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