toda la noche jugando al ajedrez con un desconocido. Si fuera verdad, ambos debían de estar completamente locos... la puerta se estaba abriendo. La voz de Sissie, y el señor Shatov levantándose con una sonrisa amable y entusiasta. Pasos cruzando la habitación a su espalda; el señor Shatov y un hombre alto estrechándose la mano sobre la alfombra de la chimenea; dos voces inextricables; la del señor Shatov emergiendo poco después hacia ella, deferente: «Le presento al doctor Veslovski».
El médico polaco, haciendo una reverencia con gracia desde una fría y estrecha altura; el señor Shatov, bajito, rechoncho, de diminutos ojos profundamente radiantes, en medio de ellos; pronunciando un pequeño discurso, volviéndose del uno al otro. La cabeza polaca se enderezó de nuevo sobre su inmóvil, fría y gris altura; impertérrita. … Perfecto. Miriam nunca había visto nada tan perfectamente hermoso. Cada línea de la cabeza y del rostro en armonía; la barba puntiaguda remataba las líneas con una expresividad que la convertía también en un rasgo, en una sola unidad con el resto. Hasta las curiosas botas extranjeras, largas, estrechas, sin solapa y de suela plana, surcadas por grietas endurecidas de barro, y el traje gris, de corte estrecho, fino y raído, compartían la distinción de la cabeza inmóvil y contenida. Belleza polaca. Si aquello era belleza polaca, los polacos eran la gente más hermosa de Europa. Polaco; la palabra sugería el efecto, su brillo suave y líquido, sinuoso y elegante sin debilidad … la palabra entera se sentía a gusto en los ojos; horriblemente hermosa, abismos de insondable extranjería … cualquier tipo de acontecimiento conocido era inconcebible tras aquellos ojos … sin embargo, él estaba allí; había venido a jugar al ajedrez con el señor