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II

mismo flujo de charla misteriosamente inagotable, la misteriosa base de acuerdo con otras mujeres, las mismas entusiastas discusiones sobre el tiempo, los casos de los periódicos, su manera de hacer esto y lo otro, sus opiniones sobre lugares y personas… parecían no tener conciencia del lugar en el que se encontraban y, sin embargo, estaban allí como en su propia casa de un modo extraordinario y, lo más maravilloso de todo, serenas, con la mirada despejada y las manos en el aire cálido y cargado del guardarropa.

Estos pensamientos venían cada vez; la presencia del señor Shatov —ocupado, esperaba ella, en lavarse la cara y las manos más allá de las escaleras que conducían a los desconocidos retretes del otro extremo del corredo— no lograba ahuyentarlos; el porte de aquellas damas era lo más misterioso del museo.

En esta sala ella siempre estaba en guardia. Era agradable, tras vagar lentamente por el patio hacia la inquebrantable e inmutable belleza de los grandes pilares grises, coronados de palomas, deambular por el vestíbulo ramificado hasta donde el conserje cojo abría la puerta mágica, volar por el pasillo irrumpir allí —permitida, fría, mugrienta y desgreñada de la calle— y salir lavada, sin sombrero y descansada, para pasear por el pasillo y ver adelante, antes de convertirse en una de ellas, las tenues y diversas formas sentadas en pequeños círculos de suave luz amarilla bajo la alta y misteriosa cúpula.

Pero en un momento de descuidos en esta sala, todas estas mujeres se convertirían en conocidas, y el encanto del museo, brotando tal vez por un instante, intensificado, desaparecería para siempre. Ellas lo convertirían en ellas mismas, variando y siempre al fin, en silencio, lo mismo. En la soledad seguía siendo inalterable, aunque nunca dos veces igual, arrojando su gran encanto creciente sobre ellas mientras se desplazaban distantes y desconocidas.

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