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XI

repente pálida en torno a unos ojos que reflejaban su angustia, hacia la puerta abierta del pequeño invernadero que conducía desdichadamente al jardín abatido. Permanecieron inmóviles en las sillas que habían acercado al pequeño diván donde ella reinaba, claramente dispuestas a sentarse así en silencioso aprecio mientras ella contemplaba su problema en el jardín. Se sentía tensa, pero con los ojos de ellas puestos en ella no pudo evocar directamente los elementos de su tema. Aparecían transformados en palabras, una exposición del caso que se les pudiera presentar, la exposición del caso «de cualquiera», empezando por «al fin y al cabo»; y dejando todo sin exponer. Aplicados a su propia experiencia, parecían carecer por completo de significado. Los resúmenes no servían de nada. La experiencia real debía ser traída a la memoria para que valiera la pena comunicar algo. «Cuando me besó por primera vez», comenzó su mente, «aquellas mujeres lo rodeaban. Se han interpuesto entre nosotros para siempre». Se sonrojó hacia el jardín. La mera presencia en su mente de semejante vileza era una afrenta para la atmósfera de los Broom. No podía volver a enfrentarse a las muchachas. Durante un rato estuvo sentada, conduciendo de un punto a otro del jardín el hecho inexorable de que había llegado a un muro que no podía derribar. Podría, si estuviera sola, afrontar la posibilidad de estrellar su vida contra él. Si retrocedía, se desgarraría en dos, y entonces, ¿cómo, vil y deforme, podría hallar el ánimo para enfrentarse a alguien en absoluto? Por fin, todavía con los ojos en el jardín, les dijo que tenía que ir a pensar al aire libre. Ellas la cuidaron y consintieron a su manera inalterable y ella escapó, eximida de volver a merendar.

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