en alemán, se ponía a trabajar para aplicar los descubrimientos que había hecho. Era como si estos descubrimientos fueran la obtención, mediante algún truco innato de la inteligencia que no le pertenecía por derecho de ningún proceso de aplicación o de disciplina, de una ventaja injusta. Buscaba en su interior un recuerdo que pudiera explicar la adquisición del derecho de escape a esta vida interior, exterior, situada a salvo y lejos de la vida cotidiana. Los recuerdos escolares que revivían en su trato con las oraciones eran los mejores, los más secretos y los más felices, aquellos hilos donde el esfuerzo por aprender había sido por completo una aventura incruenta y desinteresada. El uso de esta extraña facultad, tan rápida en el descubrimiento, tan implacable en la crítica —que daba nacimiento, a medida que el conglomerado de verdades que impulsaban sus movimientos ciegos iba apareciendo de forma reconocible, a un juego tan fascinante de aceptación y nueva prueba—, producía a la larga, una vez hecho el balance completo, un exceso de dicha adquirida sin precio.
Ya no había dolor implacable en el primer asalto a un tramo inédito del texto. El saber que, mediante tres etapas —laboriosas pero inalterables y de eficacia segura—, aquello podía alcanzar una vida propia, idéntica en su efecto global y, sin embargo, en cada detalle tan distinta del original, irradiaba alegría en todo aquel lento proceso. Era una aventura tan gozosa plasmar en la página, con el muñón chato de un lápiz entre dedos trémulos, veloces y electrizados, toda la desgarbada presentación literal; contemplar, zambulléndose así a troche y moche de una lengua a otra, las extrañas luces arrojadas alternativamente sobre cada una, la revelación de significados mutuamente encerrados e