importancia con la voz deliberadamente refinada, afligida y de señora, con pausas, como si cada palabra fuera un regalo precioso. … Ella estaba esperando alguna ocasión, manteniendo su actitud, y la mujercita tenía que soportar la representación.
De camino por el pasillo se cruzó con un joven de cuello largo sobre un cuello de camisa bajo, que caminaba como un estudiante universitario, con zancadas rápidas y un tironcito de cabeza hacia adelante muy de gallina, pero con unos ojos bondadosos de aspecto devoto.
Bajo sus modales conformistas y sus pensamientos de libro y charla inglesa, era agudamente desgraciado, pero nunca lo bastante tiempo a solas como para darse cuenta; ni siquiera lo bastante tiempo como para sentir sus propios impulsos.
Dos muchachas pasaron rápidamente, con la cabeza descubierta, vistiendo trajes de reforma, hablando con entusiasmo con voces agudas, extravertidas y cultas, sus yoes incomunicados atrincherados vigilantemente tras el educado idioma normando.
Ella continuó su modo de hablar a la velocidad del rayo en su mente, observando su efecto en todo lo que tocaba, de contener, dar forma y excluir todo lo que no fuera pensamiento y opinión prefabricados.
Justo adelante había una puerta arqueada y, dentro de ella, un joven con un fajo de folletos. —Puede— anunció ella, metida en su papel y dirigiéndose a un compañero imaginario— que sea necesario mantener algún tipo de intercambio conversacional con este individuo. Desde luego, aquello la dejaba mucho mejor preparada para la entrevista que decir Dios bendito, ¿vamos a tener que decirle algo a esta criatura?