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VI

aquellos otros, obstinados, asediadores, convirtiéndose poco a poco en escritores, indistinguibles para la mayoría de los lectores de los demás, compartiendo, incluso durante sus horribles comienzos, las distinciones sociales y los privilegios de los «escritores», y todos ellos, los listos y los otros, sin la menor zozobra por ningún sentimiento de culpa y creando, cuando se juntaban todos, una atmósfera social que, a pesar de su escepticismo y de su desdén por la vida cotidiana, resultaba más fácil de respirar que cualquier otra.

Pero estar cargada con un titubeante sentimiento de culpa, ser incapaz de interesarse realmente por las cosas que escribían los listos, dejarse seducir por un sentimentalismo burdo debido a su ropaje extranjero y la fascinación de transformarlo, significaba pertenecer al margen del mundo de los escritores listos, pesados en su balanza y hallados deficientes; y estar cortada del mundo de los aspirantes inocentes, inconscientes y resueltos por un miedo misterioso.

Era mezquino sentarse a esperar que la vida arrojara cosas que lo distrajeran a uno por un tiempo de la sensación de vacío. Sentarse a moverse de un lugar a otro, con el vestido de la época. No estando en ninguna parte, uno no tenía derecho ni siquiera al vestido de la época. En el fondo del lago... oculto y olvidado. Alrededor del lago lejano había árboles verdes y plumosos, a los que no les importaba. Ella se sentía imaginando sus troncos, cubiertos por la neblina de los inviernos de londres, pero mucho más hermosos ahora, destacándose negros entre las nubes de verdor. Había árboles a lo distancia más adelante, árboles, olvidados. Ella estaba allí para mirarlos. Era urgente, importante. Todo este largo tiempo y ni una sola vez había mirado. Alzó los ojos con cautela, sin moverse, para abarcar la ancha franja más allá de la extensión de césped.

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