con frasecitas alegres, fragmentadas e incoherentes, y con la expresión radiante, profunda, infatigable y audaz de bienvenida en su rostro pequeño y cansado. La arrastraron hasta la salita y la retuvieron allí durante una hora del té prolongada, interrogándola con pelos y señales sobre sus Navidades en la tienda de Eve, enseñándole los regalos de Navidad de la señora Orly y haciéndola circular al poco rato entre grupos de personas a quienes solo conocía de nombre.
Un número extraordinario de desastres había ocurrido entre ellos. Ella escuchó sin sorpresa. Siempre, durante todo el año, esta gente parecía vivir bajo la sombra de problemas inminentes.
Pero la doliente lista de la señora Orly hacía parecer que la Navidad era, para ellos, un tiempo consagrado a que sucedieran cosas que se derrumbaban en su medio, repartiendo consecuencias de por vida.
La señora Orly hablaba rápidamente, satisfecha con los gestos de simpatía, pero Miriam era consciente de que su simpatía no estaba recayendo donde se le exigía.
Observaba los hogares de las familias inmutable, con la mente suspendida sobre sus casas imaginadas, mirando con nostalgia el todo hecho añicos, las vistas desde sus ventanas que pertenecían al pasado y que de repente resultaban extrañas, como cuando las habían visto por primera vez; pasando a sus criados y amigos y más allá, hacia su vida social, siguiendo las consecuencias hasta donde le era posible, mientras los principales sufridores le causaban todo el tiempo la impresión de ser personas que de repente provocan altercados evitables en medio de una conversación.
Rechazada, desde el vasto silencio interrogativo al final de su viaje exterior, hacia los centros de los cuadros de la señora Orly, intentó