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I

momento no pudo distinguir ninguna forma reconocible de dormitorio; luego una figura se incorporó y reconoció al señor Gunner de pie junto a una cama de campaña baja. —Es la señorita Henderson —dijo él en voz baja. Hubo un murmullo desde la cama y Miriam, inclinándose sobre ella, vio el rostro demacrado de la señora Bailey, sonrojado por la fiebre, con los ojos brillantes y desorbitados. —Creemos que debería ver a un médico —murmuró el señor Gunner. —Ajá —dijo Miriam distraída.

—Qué amable por su parte —murmuró la señora Bailey con voz espesa.

Miriam se sentó en la silla que el señor Gunner había dejado libre y buscó las manos de la señora Bailey. Estaban frías y temblorosas. Las estrechó con firmeza y la señora Bailey suspiró.

—Quizá usted pueda persuadirla —murmuró el señor Gunner.

—Mjm —murmuró Miriam.

Él se alejó sigilosamente de puntillas. La señora Bailey suspiró con más fuerza.

—¿Ha intentado algo? —dijo Miriam ensimismada, dirigida hacia la penumbra abarrotada.

La habitación estaba llena de enseres poco estéticos, todos viejos y en diversos estados de ruina, el desbordamiento de los materiales que mantenían en el resto de la casa la apariencia de una ordenada pensión. Pero había algo vital, incluso alegre en la atmósfera; que vencía la opresión del espacio abarrotado. La aversión con la que había

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