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XI

Viajaban en silencio en tranvía y autobús. Debajo de ellos, por las aceras tenuemente iluminadas, la gente se movía, sombras desatadas y dispersas en el gris de la noche. Rostros parlantes iluminados por gas se sucedían bajo las farolas; ninguno expresaba sus pensamientos; ningún sentimiento manifestado llegaba tan hondo como la charla superficial de las palabras en la mente. Pero de pronto a su alrededor, mientras ella permanecía suspendida durante el trayecto entre la quietud muerta en su interior y el ruido del silencio exterior, un mundo maravilloso iba amaneciendo con extraña irrelevancia, obligando a su atención a alzarse del abismo de su fatiga. Miradnos, parecía decir los edificios, desfilando masivos, diversos y enteros, salpicados de luz. Estamos aquí. Nosotros somos el milagro consumado. Los edificios siempre le habían parecido maravillosos, y en sus aspectos móviles y cambiantes encerraban una fascinación sin fin, excepto en el norte de Londres, donde se amontonaban sin distinción, desfigurados en sus rasgos y contornos por una ocupación ciega y anodina. Pero esta noche era el norte de Londres el que revelaba el milagro de la mera existencia de un edificio. Los habitantes del norte de Londres no estaban bajo el hechizo, pero este existía. Sus edificios, alzándose de la tierra donde antaño no había habido nada, lo proclamaban al desfilar soñadores, trazando calzadas que eran como largos pensamientos, encontrándose, cruzándose y siguiendo adelante, callejones profundos y pequeños patios donde siempre había un charco de luz o de oscuridad, derramando desde su secreta comunión con el cielo una extraña y única realidad sobre la multitud abrigada y en marcha que discurría abajo. Y todo el extraño y inadvertido milagro de los edificios y las ropas, la aún más maravillosamente extraña e inadvertida vestimenta del discurso,

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