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I

“No hay muchas perspectivas por ahí —recitó Miriam—; la oferta es mayor que la demanda”.

—Así es —asintió la señora Bailey—; pero yo lo veo así: querer es poder y hay que dar el primer paso. La señora Bailey se había decidido. Muy pronto Sissie aprendería mecanografía; un talento comercializable; ocuparía un lugar más alto en el mundo que el de una secretaria de dentista; una mecanógrafa señorita con conocimientos de francés. Ese sería su estatus en un fichero. Sin duda, con el tiempo aprendería taquigrafía. Se movería con eficacia, orgullosa de su profesión; con un hogar donde vivir, desahogada con quince chelines a la semana; una más del creciente ejército de jóvenes confiadas e incultas de la ciudad; no, Sissie no sería ostentosa; llevaría vida a alguna oficina, entre hombres tan incultos como ella; tan pronto como hubiera aprendido la fórmula de «acusamos recibo», sería fiable y valiosa. ⁠ ⁠… Sissie, con un hogar, y sin hacer ningún esfuerzo en particular, tendría un lugar en el mundo.⁠ ⁠…

—Haré algunas averiguaciones —dijo Miriam con alegría.

La señora Bailey le dio las gracias con cansada avidez; estaba sofocada y decaída; la labor de la tarde se estaba viendo frustrada por el encanto que le había permitido seguir hablando. Admitió que le había vuelto la neuralgia y Miriam, arrepentida y agotada, la hizo recostarse de nuevo.

Tenía un aspecto terrible; como el de otra persona; se quedaría dormida pareciendo otra persona, o se quedaría acostada hasta la mañana con planes dándole vueltas en la cabeza para luego levantarse, logrando ser ella misma hasta que terminara el desayuno. Pero, a pesar de todo, tenía una casa en la que estar. Era la señora Bailey; un centro reconocido.

Miriam se sentó sola, la ya familiar salita añadida a la extraña colección de su inexplicable vida; sus paredes iluminadas por la lámpara le eran queridas, con la misma extraordinaria querencia de todas las paredes vistas en la tranquilidad.

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