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II

En el guardarropa inferior siempre había un refugio; sin sofás, sin grupos de formas. Hoy se encontraba vacío, su larga hilera de lavabos desocupada.

Abrió los grifos alegremente; agua helada y agua hirviendo brotando para limpiar su lavabo de los reveladores restos. Eran todos iguales, y todos los jabones, salvo uno que aseguró desde un rincón lejano, babosos.

Al inspeccionar, sintió con irritada repugnancia la cualidad, chapucera e inconsciente, del intercambio que acompañaba y correspondía a las abluciónes.

Una mujer salió de un retrete y se detuvo a su lado, ocupándose también con rapidez de un lavabo. Era ella... Miriam envidió el lavabo.⁠ ⁠…

Observando libremente el rostro apacible en el espejo, se lavó con una intensa sensación de compañía protectora. Muy en el fondo de aquel rostro apacible se movían pensamientos serenos, no de un lado a otro, sino hacia afuera y hacia adelante desde algún centro seguro.

Perfectamente protegida, ignorada e ignorante, se movía dentro del mundo encantado de su herencia. Era difícil imaginar qué trabajo podría estar haciendo, siempre aquí, y siempre moviéndose como si no fuera vista ni viera. Alrededor de su serenidad podía agruparse cualquier clase de vida, abandonándola, tal como la mugre brumosa y el sofoco polvoriento de Londres la abandonaban, inmaculada e intacta.

Pero por el momento ella estaba allí, como si se moviera, emergiendo de una espaciosa casa de muchas ventanas inundada de luz solar cuyos días felices estaban en sus manos tranquilas, bajo una luz clara por los espacios de un amplio jardín. Sin embargo, era consciente del mundo que la rodeaba. No era para ella una cuestión de vida o muerte ser libre para deambular por allí en la

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