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III

Bell!».

Acordes levemente tocados repiqueteaban a lo lejos, música de hadas, sonando clara y nítida en el espacio vacío, ajena al rítmico raspar de la máquina.

Luego comenzó una canción. Toda la máquina parecía entonarla; vibrando con esfuerzo, emitiendo las notas en un staccato entrecortado, las palabras apenas rozadas recortadas y rotas para ajustarse a la melodía tintineante; las notas agudas sostenidas al final de la estrofa temblaban cromáticamente, como si la máquina hiciera su último esfuerzo para alcanzar el tono exacto; cesó y los acordes lejanos volvieron a sonar, más tenues y aún más lejanos.

En el segundo verso la máquina forcejeó con más debilidad y aminoró su velocidad, se aplanó de pronto en un tono más bajo, titubeó adelante, aplanándose de tono en tono y se desplomó, ahogándose, en un único chirrido de inflexión descendente—

“Oh, pero eso es absolutamente perfecto”, exclamó Miriam.

“Quieres ponerlo más lento tontita; todo empezó demasiado agudo”.

“Lo sé, la reine, él lo sabe, lo pondrá más lento sin duda.”

Esta vez la voz desfiló con lugubriedad, con un énfasis amenazador en cada palabra; las notas sostenidas resonaron a lo ancho a través de sus sordinas; bostezadas por un león enfurecido.

—Válgame Dios —dijo Harriett—, esta vez es un funeral.

—¡Pero si es glorioso! ¿Puedes hacer que vaya tan despacio como quieras?

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