CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 67 de 312
Table of Contents

II

Con ese aspecto, debía llevarlo ahora entre los funcionarios del Museo Británico y los lectores que conocía de vista y que la conocían a ella; presentarlo al bibliotecario.

Ella lo escrutó mientras él hablaba con entusiasmo, buscando en vano la presencia con la que se había sentado en el salón; los ojos habían regresado; pero eso era todo, y ella no podía olvidar cuán ensimismados, casi malvados, habían lucido hace un momento. Volvían a brillar con inteligencia; pero su espléndida belleza resplandecía en un rostro que parecía casi mugriento, bajo la luz implacable; y amarillento debajo del espantoso sombrero de visera baja, que le cortaba la frente. Iba sin guantes y en sus manos, tiznadas por caminar por las calles invernales, sostenía una bolsa de papel con uvas que comía mientras hablaba, expulsando las pieles y arrojándolas lejos de sí mientras caminaba… parecía simplemente un desarrapado.

Hasta su voz se le había ido; alzada contra el tráfico, era aguda y chillona; un extranjero de mala muerte, avanzando a trompicones y sin cuidado, perforándole el oído con un inglés ruin y entrecortado. Ella le gritaba respuestas vagas en francés; en francés a gritos, la voz de él era aún más chillona; pero la lengua extranjera les ofrecía un refugio y una forma a su grupo; ella se convirtió en una especie de guía; cualquiera podía serlo para cualquier clase de extranjero.

En el guardarropa estaban las damas de costumbre comiendo tranquilamente el almuerzo de sus fiambreras y hablando, hablando, hablando con el personal, moviéndose sin cesar de aquí para allá entre las jaulas de prendas colgadas; respondiendo maquinalmente. La misteriosa e incesante labor de las damas almuercistas, que les concedía el privilegio de estar todo el día en el museo, siempre en los mismos asientos, aceptadas y aprobadas, parecía no dejar huella en ellas; se comportaban tal como lo habrían hecho en cualquier otra parte, con el

67