iluminada por el día del conjunto, con su hechizo roto y desaparecido. Luchó con su paraguas de apertura rígida, escuchando alegremente el sonido de la lluvia londinense. No le pedía nada a la vida sino quedarse donde estaba, seguir adelante. … Londres era su columna de nube y fuego, inmerecida, pero no solicitada, el regalo gratuito de la vida.
En silenciosa exultación oyó sus pasos descender a la calle y avanzar por el pavimento empapado.
La luz de una farola justo enfrente recayó sobre una figura que se lanzaba en rápida diagonal por el calzada fangosa hacia ella. Había venido a su encuentro… invadiendo su calle.
Ella huyó exasperada, a la vez que aminoraba el paso, ante este aplazamiento de su cita con Londres, y lo alejó en silencio cuando él giró para caminar a su lado, preguntándole cómo se atrevía a traerse a sí mismo, y a la tarde, y al talante de la tarde, sin permiso, a través de su hora inviolable.
Su abrigo estaba gris de lluvia y, al mirarlo de soslayo, él escrutaba su silencio con ese leve temblor en las facciones. Pobre hombre valiente, pequeño y solitario. Había pasado las Navidades en Tansley Street.
—¿Y bien? ¿Cómo fue? —dijo.
Era un carcelero, que la encerraba.
—Ah, estuvo bien.
“¿Sus hermanas están bien? Ah, debo decirle —su voz resonó con confianza hacia adelante en la oscuridad—; mientras esperaba, he visto a dos de sus médicos”.
“No son médicos.”