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VIII

no era envidiable, con sus secretos al descubierto a cada paso, inconscientes ellos mismos, creaban y dejaban un espacio en el que ser conscientes.⁠ ⁠…

“Quiero decir que me parece amable por su parte dejarme desahogar mis quejas tan a fondo.”

“Bueno, como digo, me siento sumamente inseguro en cuanto a la conveniencia de este paso”.

«No hace falta», dijo ella poniéndose en pie a la vez que él, y yendo con ligereza a moverse por los alrededores de los dispersos resultados de su última operación, los símbolos de su continuidad rescatada por poco. Todavía no tenía libertad para tocarlos.

Él seguía inmóvil, deambulando por la otra parte de la habitación, demorándose con la cabeza pensativa e inclinada en los laberintos de las escandalosas afirmaciones vacilantes de ella. Pero gran parte de su resentimiento había desaparecido. Era algo ajeno a ella misma, algo en el mundo en general, lo que le había obligado a actuar en contra de su «mejor criterio».

Todavía estaba enfadado y se sentía un poco esquilmado, enfrentado, en la mismísima presencia de la ofendedora, a la necesidad de lidiar con el hecho de que lo habían arrastrado a la incoherencia.

Miriam soltó un profundo suspiro, despejando su atmósfera personal de la carga del conflicto. ¿Era una afrenta? A ella le había sonado a canción. Sus pensamientos debían de estar diciendo, bueno, ahí lo tienes, muy bien lo de quitárselo todo de encima así. Su postura se atiesó en una animación fingida respecto al trabajo retrasado. Ojalá hubiera ahora la oportunidad de uno de sus comentarios jocosos para que ella pudiera reírse y regresar a su indestructible e impersonal relación.

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