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III

Miriam regresó, mientras escuchaba, a la villa de Chiswick, en la cama a la luz de la lámpara amarilla con un catarro, las páginas de la Apologia leyéndose a sí mismas sin esfuerzo en su mente fundida, como una belleza y una felicidad apacibles, haciendo que lo que Newman buscaba pareciera estar en su propio hogar, revelando muy dentro de la vida un lugar de existencia nuevo y extraño que sin embargo le resultaba familiar, de modo que la gradual y terrible acumulación de su tribulación fue una experiencia personal, y el momento de la convicción de que el cisma era una muerte deliberada, una convicción personal.

Se preguntó por qué olvidaba siempre que el problema ya se había resuelto.

Mirando más allá de la curva de su paraguas captó, con sus últimas palabras, el brillo repentino, confiado y agradecido del rostro levantado del señor Shatov y escuchó con avidez.

“Es esto una sola cosa”, ella levantó el paraguas hacia él con repentino remordimiento, moviéndolo de modo que no cubriera a ninguno de los dos;

—Gracias, estoy bastante bien. Apenas llueve ya —murmuró él con la máxima distancia de su entonación y porte extranjeros.

Ella escrutó el aire, cerrando su paraguas. Se habían desviado de su camino, alejándose de las calles hacia una quietud. Debía de ser el Inner Circle. Tendrían que rodearlo por completo.

“Es esta sola cosa”, de nuevo era como si su propia voz estuviera hablando, “esta tesis sobre las condiciones del desarrollo de los pueblos”, los sacerdotes anglicanos se casaban; pero no los de la alta jerarquía anglicana. Aunque siempre se pasaban a Roma… “lo que ha hecho que vuestro Buckle sea tan preciado para la intelectualidad rusa. En Inglaterra ya casi no se lee, aunque por cierto he visto sus obras en esta espléndida

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