vacío regreso con el recordatorio de que el alivio se desvanecería, dejándola de nuevo a solas con el desafío sin respuesta de ellas.
Ellos conocían la imagen recurrente de una forma, flotando, gris, boca arriba, bajo un cielo gris y sin rasgos, en aguas poco profundas, «inalcanzada por la marea humana», y habían visto su realización en su vano ruego de que la vida no la pasara de largo; burlándose de los ecos de su grito, y esperando indiferentes, serenos con los años que conocieron antes de que ella llegara, a aquellos que seguirían a su efimeridad carente de sentido.
Cuando ella perdía la noción de sí misma en momentos de dicha, o en los largos intervalos de pensamiento que rodeaban su lectura intermitente, ellos estaban a su alrededor, esperando, listos para recordárselo, desengañados por su diario ir y venir atareado, contando implacablemente su secreta y acumulada vergüenza.
Durante los últimos tres meses no la habían molestado. Se habían vuelto transparentes, mientras la influencia de su verano aún los mantenía a raya, ante el resplandor proyectado por las horas que había pasado abajo con la señora Bailey, y antes de que hubiera tiempo para que volvieran a cerrarse a su alrededor, la figura de Michael Shatov, con Europa extendiéndose a sus espaldas, los había obligado a fraternizar con todas las paredes del mundo.
Había tenido conciencia de que aguardaban su partida; pero aquello quedaba muy lejos, fuera de su vista, y cuando volviera a estar sola con ellos, su ataque la hallaría rodeada; vidas vividas en solitario entre las paredes vencidas de humildes y desnudas habitaciones en cada ciudad de Europa acudirían visiblemente en su ayuda, obligando a sus propias paredes a retroceder hacia la dependencia.
Pero esta noche estaban radiantes. En ninguna pared del mundo podría haber una luz más brillante. Brotando de sus espacios iluminados