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I

que gemía y se estiraba cómodamente, con los ojos ya rumiando en busca de algo que pronto se convertiría en palabras, luchaba débilmente con una melancólica inquietud que había acechado toda la irrevocable expansión de su conciencia. Un etnólogo alemán, no ruso y por lo tanto sin prejuicios, había declarado que los rusos eran la fuerza cinética más potente de Europa. Demostró ser desinteresado al decir que los ingleses iban después. Los ingleses eran «simples y fundamentalmente sanos». No inteligentes; pero sanos de voluntad, cosa que los rusos no eran. Entonces, ¿por qué los rusos poseían más fuerza? ¿Qué era la fuerza cinética? Y⁠ ⁠… misterio⁠ ⁠… los rusos mismos sabían cómo eran. «En Rusia, salvo en las clases gobernantes y burguesas, casi no hay hipocresía». Qué era la cinética⁠ ⁠… ¡Y la religión era una «fuerza real» en Rusia! «¿Qué es la ci⁠—»

“Ah, pero al menos leerá usted a algunos de nuestros grandes autores rusos… al menos a Tourguenief y a Tolstói”.

“Por supuesto que he oído hablar de Tolstói”.

“Ah, pero usted ha de leerlo. Él posee un conocimiento profundísimo de la psicología humana; los toques más maravillosos. En eso se eleva a la universalidad. Tourgainyeff es más puramente ruso, más difícil de comprender fuera de Rusia; más académico; pero le revelará a usted de la manera más admirable al aristócrata ruso. Es cínico satírico”.

—Entonces no puede revelar nada —dijo Miriam. Ahí estaba otra vez; el señor Shatov, también, se tomaba la sátira de manera totalmente indiscutible; la consideraba una especie de logro, digno de admiración. Tal vez si lograba contener su ira, escucharía, aunque fuera en alguna maravillosa frase continental explicativa, qué era en realidad la sátira, y podría resolver consigo misma por qué sabía que era, a la larga, una

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