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XI

Supongamos, dijeron las innumerables voces del camino, mientras ella avanzaba por él, aliviada y ansiosa en los primeros momentos de libertad, ¿y si no te lo hubiera dicho? Fue sincero y noble de su parte decírselo. Para nada. Quería quedarse con la conciencia tranquila. Lo único que ha hecho es explicar qué fue lo que se interpuso entre nosotros al principio, y lleva esperando desde entonces para volver a estar ahí.⁠ ⁠…

“Recuerda; no sabía que vendrías”.

¿Por qué no lo sabían los hombres? Eso era lo extraño. ¿Por qué se formaban de las mujeres unas primeras impresiones tales que manchaban todo lo que venía después? Eso era lo extraordinario del hombre promedio y de muchos hombres que no tenían nada de promedio. ¿Por qué?

La respuesta tenía que estar ahí si tan solo lograra llegar hasta ella. Alguna respuesta inamovible. Equivocada tal vez, pero suficiente para formular un juicio irreversible.

Había un juicio irreversible en el fondo de todo aquello que permanecería, incluso si más tarde se alcanzaban razones más profundas, más completas, más verdaderas. Todo lo que pudiera arrebatarle la vida a la luz del sol estaba mal. Cada recoveco y giro de los muchos pequeños caminos secundarios por los que avanzaba se lo decía.

Era inútil intentar huir de ello. Seguía ahí, el único punto de retorno desde el desierto de ira al que, con cada nuevo intento de pensar, era arrojada de inmediato. Cuanto más se encolerizaba, más parecía alejarse de la posibilidad de hallar y expresar de algún modo, con palabras que no habían resonado antes en su mente, la clave de su miseria.

Llegó al parque a la hora del té. Sus vistas estaban compasivamente vacías. Respiró con más libertad entre su verdura. Oculto en alguna parte de allí se encontraba el alivio para el adormecimiento creciente de su

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