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XIII

Esta mujer no haría concesiones; siempre se mantendría, sin transigir jamás, frente a todos, hombres y mujeres, en favor de las mismas cosas, nítidas, delicadas y definitorias de un modo tan estrecho como su voz.

“¿Estás considerando la posibilidad de abrazar la fe judía?”

“Pues, no —dijo Miriam, espabilada repentinamente por la acumulación de palabras que se desarrollaba con demasiada rapidez—. Oí que lo había hecho; y me preguntaba cómo le era posible a una inglesa”.

“¿Eres cristiano?”

“No lo sé. Me crié en la Iglesia anglicana”.

“Mucho depende del punto de vista desde el cual uno se acerque al credo tan definido y sencillo del judaísmo. Yo mismo fui unitario y, por tanto, pude dar el paso sin romper con mis convicciones anteriores”.

—Ya veo —dijo Miriam con frialdad. El destino la había traicionado, reservándose el truco de esta sencilla explicación. Contempló a la figura sentada. El resplandor de su entorno se vio sofocado por el frío de una razón perpetuamente activa…

La ciencia, la ética, el sentido común marchito brillando sobre cada aspecto de la vida, creando una desnudez áspera en todas partes, sin ver nada con vida salvo los fríos procesos de la mente humana; haciendo que se leyera a Tennyson en los servicios porque la poesía era una de las cosas superiores producidas por la humanidad…

Se preguntó si esta mujer, tan exactamente preparada para enfrentarse a un movimiento de reforma judía, había nacido indefensa en el unitarismo, o lo había adoptado tal como ella misma casi había hecho.

“Mucho, por supuesto, depende de la sinagoga a través de la cual uno es admitido”.

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