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I

des deux Mondes diciendo que el primer brote de literatura estadounidense era desafortunadamente femenino. Mill consideraba la intuición al menos tan valiosa como la raciocinación.… Mill; él podía leer a Mill. Emerson sería un ataque secreto contra él, un portavoz elocuente de cosas con las que ningún extranjero estaría de acuerdo. «Ah, sí —dijo pensativo—, siempre he tenido un gran interés por la astronomía, pero ahora por favor dime», levantó el rostro radiante de ayer. ¿Había tenido ayer aquel destello de corbata carmesí asomando bajo la punta de su barba negra y la cadena de oro cruzando la negrura del chaleco?, «cómo conseguiré la admisión en el British Moozayum*».

Miriam dio instrucciones encantada. El señor Shatov se encorvaba torcido en su silla, con la cabeza levantada y escuchándola, las cejas alzadas como si estuviera cantando y, en su firme y pequeña boca, el gesto fruncido de una nota en falsete. Sus ojos castaños estaban velados, con la mirada desviada, como si estuviera fija en algo lejano que no se movía; era como la expresión en los ojos del señor Helsing, pero más vieja y menos desdeñosa. No había desdén en absoluto, solo un conocimiento cansado y cínicamente ardiente, y sin embargo los ojos se abrían grandes y hermosos de juventud. La apariencia de vejez y profesorado del día anterior había desaparecido; llevaba una chaquetilla corta; a pesar de la barba, era un estudiante, recién salido de ser uno entre muchos, rodeado de esa manera bullanguera y gregaria extranjera; eso le daba a toda su expresión una calidez; los bordes de su fino, suave y abollonado cabello negro, los contornos de su rostro pálido, el desaliñado encorvarse de sus ropas parecían, de una manera extraña y generosa desconocida en Inglaterra, a disposición de sus semejantes. Solo en sus ojos se advertía la contradictoria y solitaria mirada de la vejez. Pero cuando estos se volvían hacia los de ella, con la cabeza aún erguida e inmóvil, ella parecía enfrentarse a la regordeta y recta

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