“Ahora soy pairfectamente feliz”, dijo al cruzar las puertas de vaivén de la sala de lectura.
Llevaba la cabeza erguida cantando radiantemente, avanzaba apresurado y confiado, sin mirar a nada, llevándola consigo, muy cerca de su costado, hasta llegar a la barrera del mostrador del catálogo más exterior. Se detuvo frente a ella, con los ojos muy abiertos y salvajes sin mirar a nada.
—Enseguida cursaremos Anaka ray ninna en inglés —gritó en un murmullo entusiasta.
“Debemos elegir asientos antes de conseguir los libros”, murmuró Miriam.
Había mucho que hacer y explicar; la revelación de su escaso ataque a las riquezas de la biblioteca aún no tenía por qué llegar. ¿Iban a leer juntos? ¿Había llegado él a su meta «en medio de todas esas literaturas» para pasar el tiempo enseñándole a Tolstói? Él la siguió distraídamente mientras ella llenaba el tiempo, mientras esperaban su libro, mostrándole todo lo que sabía sobre la rutina de la biblioteca.
“Habrá, por supuesto”, dijo con tono áspero y explicativo, deteniéndola cerca de la entrada del recinto central, “un sistema de catálogo bastante exhaustivo, pero encuentro que hay demasiadas formalidades; con todas estas cestas pequeñas”. “Ssh”, suplicó Miriam alejándolo. Ella se acercó flotando a las estanterías, mostrándole la única balda que conocía en el lado sur; había un lector en una escalera justo en esa balda. “La Revolución francesa de Carlyle está ahí arriba”, dijo ella con seguridad. “Na, na”, gruñó él reprochemente, “esta es una historia de ficción de lo más puramente poco fiable, un tour de force a partir de prejuicios