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III

«Ya lo haremos bien dentro de un momento, no temas».

Miriam sentía que ninguna interpretación correcta podía ser mejor que lo que había escuchado, y escuchó con desdén el comienzo de la tercera ejecución. Si esta triunfaba, la luz dichosa que fluía de la habitación hacia su mundo lejano debía verse hecha trizas por su tácito rechazo a la obrita barata, o bien preservarse traidoramente al precio de una satisfacción fingida.

El preludio sonó más cerca esta vez, revelando un piano y un acompañante, y la canción salió con firmeza, un barítono agradable y bondadoso, marcando el compás en un tono medio; un joven castaño, simpático y sin imaginación, al que le había dado por tener voz.

Ella dejó de prestar atención; la brillante mesa del desayuno, la habitación cuadrada alegremente decorada y bañada por la espléndida luz matutina que inundaba la cuesta ascendente de la ciudad desde el amplio cielo que se alzaba sobre mar abierto, quedó de repente fuera del espacio y del tiempo, continuando para siempre intacta; los primeros días fluyeron hacia arriba, recuperados por completo del paso del tiempo, avanzando con el día de hoy añadido a ellos, para siempre.

La marcha del estribillo llegó cantarina a través del caudal de los días, marcando con alegría el reconocimiento común de los tres oyentes.

Ella reprimió su deseo de entonarlo, lanzando su voluntad para contener a los otros, a fin de que afrontaran el momento y dejaran que este se imprimiera por completo.

En el siguiente estribillo todos podrían tomarse el respiro de gritar su reconocimiento, un himno a la vida trinitaria.

El último verso avanzaba con éxito; en un instante llegaría el estribillo del coro. Era viejo y conocido, tejido firmemente en la experiencia, comenzando su vida como memoria.

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