Hasta las partes más pesadas de la tarde podían aprovecharse, en un olvido ensimismado del tiempo y el lugar. El tiempo apremiaba. El año se ensanchaba y elevaba también con demasiada rapidez hacia las cumbres de junio en que todo, salvo el mundo verde —fresco y reluciente en parques y plazas a través de la pestilencia londinense, barriendo con los tonos de la primavera y el verano mezclados entre los árboles cambiantes—, hacia septiembre, se desvanecería de su alcance y desaparecería.
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V. El hechizo de la mesa manchada de tinta
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