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IV

poema que resumía todo lo demás. Evita, escribió, buscando; alguna palabra estaba por venir; la tenía en la mente, amortiguada, casi clara; evita—pasó como un relámpago y se esfumó, por poco no la atrapó. Recordó frases que la habían llenado de una furia desesperada, examinándolas con curiosidad, sin enojo. Evita el alias recargado. ¡Así que era eso! Apenas esos pocos minutos hojeando las páginas de pie junto a la mesa mientras el paciente hablaba de su crío alegre, ruidoso, sano y de lo más granuja, y ahora recordando cada observación que había hecho... extraordinario. ¡Pero esto era la vida! Estas cosas extrañas que uno nota inconscientemente, que siguen vivas dentro de uno, que confluyen en el momento oportuno, parte de una realidad.

Levantándose de la mesa, encontró su habitación extraña, la nueva habitación en la que había entrado el día de su llegada. Recordaba haber retirado la cubierta de la mesa junto a la ventana y haber encontrado las manchas de tinta.

Allí estaban, en el cálido y luminoso círculo de la luz de la lámpara de media mañana, asomándose entre los papeles esparcidos. Los años transcurridos fueron un único y breve intervalo que condujo a la restauración de aquel primer instante.

Todo lo que contenían se centraba allí; su paso a través de ellos, los desesperados aferramientos y abandonos, había sido un regreso. Nada importaría ahora que el círculo iluminado por la lámpara y salpicado de papeles se establecía como el centro de la vida.

Todo sería un regreso gozoso, eternamente diverso. Sostenida por este lugar secreto, extrayendo de él su energía, cualquier clase de vida serviría, siempre que dejara esta habitación y su pequeña mesa libres e intactas.

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