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I

brotaba en su interior. > «No⁠—ver⁠—dad, es de lo más maravilloso», reiteró con un énfasis casi reprochable, sentándose con la cabeza ansiosamente inclinada entre los hombros, a la espera de la respuesta de ella. «Sí, ¿verdad?», dijo ella con tono alentador y esperó ensoñadora mientras él se echaba hacia atrás y sacaba pequeños volúmenes del bolsillo, con los blancos párpados bajados bajo el ceño fruncido. ¿Matizaría su elogio? ¿Habría leído lo suficiente como para toparse con alguno de los escalofríos y contradicciones? Fuera como fuese, Emerson le había causado a aquel extranjero erudito, que tanteaba a tientas con su escaso bagaje lingüístico, una impresión abrumadora. Su propia y solitaria impresión abrumadora quedaba justificada. Los ojos volvieron a levantarse, con gravedad sincera. «No», dijo, «me resulta dificilísimo expresar la profunda impresión que esta lectura me ha

“Él no es nada original —dijo Miriam, sorprendida por su conclusión involuntaria—, cuando lo lees, sientes como si estuvieras siguiendo tus propios pensamientos”.

«Eso es así; no es él mismo philosophe; lo llamaría más bien poète; una cualidad de lo inglés de lo más notable, una gran dignidad y al mismo tiempo una sencillez de lo más perfecta.»

“Él lo entiende todo; desde que tengo ese libro no he querido leer ninguna otra cosa… excepto a Maeterlinck”, murmuró pensativa, “y en cierto modo es lo mismo”.

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